Viajar a cualquier edad es excitante, estresante y un tanto agotador. Pero cuando ya somos un poco mayorcitos, salir de la zona de confort puede sentirse más agobiante. Aun así, romper la rutina y salir de vacaciones con la familia es una experiencia única: tiene sus altas y sus bajas, sus desafíos y sus momentos gratificantes.

Así lo viví en mis últimas vacaciones en México. Fueron días de intenso calor y emociones encontradas. Hubo desencuentros y momentos felices, pero todo eso forma parte de la vida. Cuando estamos de vacaciones, estamos viviendo, y la vida tiene retos… y esos retos a veces la hacen más interesante.

En modo avión

Desde ayer mi mente se colocó en modo avión. Ya no me interesa si la casa está más o menos limpia, si hice las compras necesarias o si programé las comidas de la semana. Estoy en modo avión y, como decimos en buen cubano, estoy como el quimbombó que todo me resbala.

Mi atención está puesta en la lista que elaboré con varios días de anticipación, en los preparativos y en la logística del viaje. Lo demás, ya lo iré resolviendo por el camino.

Lo que sí no puedo olvidar es que soy diabética y tengo mis restricciones alimentarias. Por eso ayer me inyecté mi Ozempic, me coloqué un nuevo sensor del Libre, empaqué unos sobrecitos de alulosa y unas barritas de proteína… por si acaso.

Llevar o no llevar, he ahí la cuestión

Worn vintage suitcase with travel stickers on sandy beach near ocean at sunset
A weathered suitcase with travel stickers sits on a sandy beach at sunset

A veces pecamos por exceso o por defecto. Por eso siempre digo: prioriza lo que no puedes sustituir en tu destino. Tus documentos, tu teléfono, tus medicinas.

Lleva la ropa necesaria: no vas a un desfile de modas, pero tampoco se trata de estar lavando cada día lo que uses. Vas a descansar, y la maleta la lleva el avión, no tú. También conviene no olvidar esas cosas que suelen ser más caras en zonas de playa, como el protector solar o las gafas protectoras.

Muchas cosas podrás comprarlas en tu destino, sobre todo si viajas dentro del país. Si vas de vacaciones a Cuba, ya es otra historia: allí sí hay que llevar casi de todo. Y como yo viajo de noche, llevo mi café para amanecer, porque eso no puede faltarme. Un poco, y luego allá compro lo que necesite.

Cuando vine de Cuba y perdí mis pertenencias —que luego aparecieron milagrosamente— alguien me dijo: “No se angustie, señora, que en Miami hay de tó…” Y aunque yo no voy a Miami, donde voy hay de tó también.

Prometo contarles mi experiencia en los próximos días. Estoy segura de que serán unas vacaciones inolvidables: viajo con mis hijos y mis nietos.

Palabras sabias de la abuela turista

Viajar en la tercera edad tiene su propio ritmo. Ya no es como antes, cuando una maleta se armaba en diez minutos y el aeropuerto era casi una aventura. Ahora el cuerpo pide pausa, la mente pide orden y el corazón… el corazón pide calma.

No te miento: me puse nerviosa. No por el viaje en sí, sino por todo lo que implica moverse a otra ciudad, otro aeropuerto, otra cama, otra rutina. A esta edad una ya sabe que la prisa ajena descoloca, que el ruido cansa, que los imprevistos pesan más.

Pero también sabe algo más: que la experiencia es un superpoder. Que viajar despacio es viajar mejor. Que llevar lo esencial —documentos, medicamentos, cargadores, un aroma que calma— es una forma de cuidarse. Que mirar por la ventanilla sigue siendo un regalo.

Viajar ahora es distinto, sí. Pero también es más consciente, más suave, más propio. Es elegir el asiento, respirar hondo, caminar sin apuro, agradecer que todavía puedo moverme, explorar, cambiar de paisaje.

Hoy empiezo mi semana azul en modo avión. Un azul que no es frío: es protector. Un azul que me acompaña mientras me voy de viaje, con nervios, sí, pero también con una serenidad que antes no tenía.

Viajar en la tercera edad no es renunciar. Es viajar con sabiduría.

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