¿Cuál es tu restaurante favorito?
Aunque suene extraño, mi respuesta es simple: mi casa.
No porque no disfrute salir, celebrar o compartir una buena comida, sino porque en mi cocina tengo algo que ningún restaurante puede ofrecerme: control, intención y salud. Algo tan importante para las personas que padecemos de diabetes.
Mi cocina es mi laboratorio
Aquí puedo hacer mis experimentos, mis alquimias, mis recetas con ingredientes que no agreden mi cuerpo.
Soy quisquillosa con los aceites —y con razón. En muchos restaurantes puedo detectar el sabor del aceite sobre usado o de mezclas que no me sientan bien. Lo mismo con el azúcar escondido, los colorantes, los sazonadores artificiales y el glutamato que me deja hinchada por días.
En mi casa preparo:
- arroz frito limpio
- fideítos con vegetales
- pollo con salsas ligeras
- pastas integrales o proteicas
- versiones saludables de mis antojos chinos e italianos
Todo con sal moderada, sin azúcar añadida y con ingredientes que conozco.
No pago por algo que puedo hacer mejor
No voy a restaurantes cubanos —a menos que sea al de mi hija y mi yerno— porque sé cómo elaboran los alimentos y hasta he contribuido con recetas.
Pero debo reconocer que los restaurantes de Miami son algo aparte. Toda la comida latina en esa ciudad tiene un encanto especial. Se siente fresca y auténtica.
Pagar precios exorbitantes por platos llenos de tintes, mantequillas excesivas o salsas pesada no es para mí.
Cuando salgo, salgo con estrategia. Y aunque no siempre puedo escoger el lugar, puedo prepararme un plan de antemano.
Por ejemplo, de vez en cuando disfruto un buen steak americano: carne limpia, parrilla, ensalada ligera y una papa asada.
Sin salsas dulzonas, sin excesos.
Mi truco para no arrepentirme después:
- miro el menú desde casa
- decido lo que voy a pedir antes de llegar
- elijo opciones ligeras
- evito los postres o pruebo solo una cucharada del de mi esposo
Así disfruto sin culpa y sin resaca alimentaria.
Algunos restaurantes suelen ser ruidosos, sí, pero para ocasiones especiales vale la pena compartir con familia y amigos.
Es agradable, de vez en cuando, sentarse y que te sirvan algo que no haya pasado por tus manos.
Pienso que más que un restaurante determinado, ya sea en casa o en un lugar lujoso, lo que se disfruta es el ambiente, el estado de ánimo, la experiencia. Y que esa experiencia no tenga malas consecuencias.






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