Si tuvieras que dar un consejo que te cambie la vida, ¿cuál sería?
Educa a tus hijos en la lectura
Leer me cambió la vida. No hablo de filosofía, ni de tratados elevados, ni de libros que se leen para presumir. Hablo de leer lo que fuera, lo que apareciera en mis manos en una época en que ya empezaban las escaseces, incluso de buenos libros.
Mi padre me llevaba de la mano a La Moderna Poesía, aquella librería enorme de La Habana donde un niño tenía pocas opciones… pero yo siempre encontraba algo. Libros viejos, fábulas de Esopo, cuentos de Andersen, los hermanos Grimm. Mientras otros niños soñaban con muñequitos de Disney —ya prohibidos en Cuba— yo me formaba con los clásicos.
Mi hermana, otra lectora voraz, me leía obras demasiado grandes para mi edad. Así conocí a Edgar Allan Poe. Así dejé de dormir unas cuantas noches por La máscara de la muerte roja. Pero al amanecer, yo quería más.
📚 Leer para escapar, leer para existir
En casa de mis vecinos sirios descubrí una biblioteca que parecía infinita. Me bebí todo lo que pudiera ser leído por una niña: las Obras de Martí, las revistas Selecciones, cualquier cosa que me sacara del calor, de las moscas, de la pobreza de mi casa. Y lo más curioso es que entonces, jamás me sentí pobre.
Cuando el gobierno publicó ediciones populares de grandes obras, las devoré todas. A los trece años leí Cien años de soledad. No sé si lo entendí por completo, pero sí sé que me marcó para siempre. La literatura hispanoamericana se volvió mi casa. Solo Alejo Carpentier se me resistió: demasiado denso para mi espíritu adolescente.
En la televisión y la radio adaptaban a Balzac, Stendhal, Pérez Galdós, Jorge Amado… Pero yo no me conformaba con los guiones: iba a las obras originales y me las bebía.
Luego llegaron los rusos. Me tragué La guerra y la paz como quien corre detrás de un tren que no quiere perder. Viví la angustia de Dostoievski en Crimen y castigo y El idiota. Sentí que el mundo era más grande que mi cuadra, que mi isla, que mi vida.
🇩🇪 La etapa alemana: el idioma como destino
Cuando decidí estudiar Germanística en la Universidad de La Habana, entré en otra dimensión. Fui más de Schiller que de Goethe, pero leí Fausto y todo lo que pude de la literatura alemana, incluso la del fascismo.
En Weimar vi con mis propios ojos la belleza de los clásicos y la brutalidad de los campos de concentración. Leer me preparó para entender ese contraste sin quebrarme.
🌸 Leer como refugio, como consuelo, como celebración
Leer fue mi escape en los momentos de vacío, tristeza y ausencia. Fue también mi compañía en las horas de felicidad. Leer hizo que mi imaginación floreciera, que inventara historias que me acompañaron incluso cuando no tenía tiempo para escribirlas.
Por eso, hoy que existen las redes sociales, el streaming y todas esas maravillas que nos roban la atención, mi consejo es simple:
Deja un tiempito para la lectura.
Cuando leas Cien años de soledad o La casa de los espíritus, ya no verás igual sus adaptaciones. No te conformes con la interpretación de otros. Fórjate tus propios juicios. Haz crecer tu imaginación. Y sobre todo: educa a tus hijos en la lectura.
Ese consejo —créeme— un día me lo vas a agradecer.

© Photographs by 📸 Izuky Pérez
Havana, Cuba, 2024







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