Cuando tenías cinco años, ¿qué querías ser de mayor?
No recuerdo demasiado bien lo que quería ser de niña, y mucho menos a los cinco años, pero ser feliz ha sido mi máxima aspiración en la vida.
Desde que tengo uso de razón me recuerdo con una gran escuela montada con todos mis muñecos y yo de maestra, frente a un pizarrón, enseñándoles a mis alumnos imaginarios lo que yo había aprendido en el día. Y mi madre peleándome porque decía que la tiza me enfermaba la garganta.
Luego quise ser maestra de geografía, mi asignatura favorita por aquel entonces, y también meteoróloga, porque me fascinaba visitar aquel observatorio que había en Casa Blanca, un pueblito ultramarino en la Ciudad de la Habana, que solíamos frecuentar y donde había un Cristo enorme que nunca llegaron a remover los que censuraron la religión en mi país.
Desde allí se veía la ciudad entera y el mar precioso que se perdía allá lejos en el horizonte donde seguramente habría otras realidades, otros países y otras culturas. Mi imaginación volaba y con el tiempo sentí que quería escribir todas las historias que tenía dentro de mi cabeza, quería ser escritora.
Cuando me tocó elegir la carrera universitaria, decidí que quería ser periodista, pero en una visita que hice a la redacción del principal periódico de Cuba, me di cuenta que no era lo mío escribir lo que otros me dictaran y que para ejercer periodismo se necesita libertad.
Estudié una carrera de idiomas y terminé siendo maestra. Gracias a mis estudios, visité otros países y otras culturas y pude enseñar durante veinte años de mi vida, hasta que se me hizo imposible ejercer mi profesión en un mundo en el que tenía que disimular mis verdaderos pensamientos, porque al fin y al cabo, las universidades de Cuba son para los revolucionarios y cualquiera que disienta corre el peligro de perder su empleo y hasta su libertad.
Luego he tenido toda clase de empleos: traductora, vendedora, hasta cocinera… no me he sentido menos por trabajar en oficios muy por debajo de mi calificación, de todos he aprendido un poco.
Siempre recuerdo las palabras de mi tutora de la tesis de Doctorado cuando me confesó que sus hijas no querían seguir sus pasos y no querían estudiar y ella casi había enloquecido pero luego se había dicho a sí misma: Lo que yo quiero realmente no es que sean doctoras o profesoras, quiero que sean felices.
Yo he tratado de ser feliz en cada una de las facetas que me ha tocado vivir, con mayor o menor éxito. Y cuando me he sentido arrinconada o limitada, he tenido la visión para cambiar el rumbo y buscar mi propio camino hacia la felicidad y la realización plena.







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