Sugerencia de escritura del día
¿Qué libro, peli o serie te gustaría poder vivir otra vez como si fuera la primera vez?

Fui a ver Los Paraguas de Cherburgo por primera vez cuando tenía apenas ocho años en el cine Actualidades, cerca del Prado, cuando aún había cines en La Habana y mi padre estaba vivo. Y eso es lo que realmente quisiera revivir de nuevo: tener a mi padre conmigo, poder ver juntos una buena peli y conversar con él desde la madurez y la experiencia que tengo hoy.

La imagen de mi padre en la niña que fui

Mi padre fue en mi mente y mi imaginación un superhéroe. De él solo recuerdo cosas buenas: su sonrisa franca, sus choteos, su alegría contagiosa, la manera en que enfrentaba la vida sin miedo, su entrega al trabajo y su inteligencia. Había estudiado Comercio y tenía profundos conocimientos de Economía, reforzados por la necesidad que siempre había tenido de «luchársela» en la calle para traer el pan a la casa.

Era un cubano en todo el sentido de la palabra: jaranero y conversador. Lo recuerdo cuando íbamos a la bodega de la esquina y se perdía en largas charlas con la gallega exdueña de la bodega, recién nacionalizada, explicándole los difíciles laberintos del nuevo sistema de racionamiento, mientras se escuchaba de fondo un cha-cha-chá de la Orquesta Aragón o un bolero del Benny*.

Se detenía en cuanta carretilla había en La Habana a tomar uno de esos ostiones con salsa que a mí me revolvían el estómago. Pero peor aún era cuando mi madre cocinaba calamar para él. Mi padre era todo un personaje.

Nunca nos regañó, jamás lo vi pelear con mi madre, a no ser por algún gesto de cariño «a la isleña», como darle una palmada de puro afecto. Siempre fue un marido amoroso, coqueto. Le decía que si pusiera un perfume de comino se la comería entera, por esa afición al comino que achacaba a su ascendencia canaria. También fue un buen padre, aunque algo ausente por su entrega absoluta al trabajo.

Era un hombre apuesto, presumido, elegante, siempre de «punta en blanco», pero no le gustaban los excesos. Recuerdo que cuando mi madre le reprochaba que tenía poca ropa y que se pasaba el día «haciendo la paloma» —es decir, él lavaba y planchaba a diario su propia ropa por consideración y porque no le confiaba a nadie su guayabera blanca—, él respondía con humildad:

«¿Para qué quiero tantas camisas, si solo tengo un cuerpo?»

Esa frase me acompaña desde entonces; me aterriza cada vez que voy a comprar algo que no necesito realmente.

Mi amor por los musicales

Nos llevaba al Cinecito casi todas las semanas. Cuando desaparecieron los muñequitos americanos y el espacio fue invadido por las caricaturas soviéticas, decidió llevarme a ver Los Paraguas de Cherburgo. Mi madre no quiso ir, vivía siempre comprometida con los deberes familiares, y mi hermana, que ya era grandecita, tampoco quiso acompañarnos.

Mi amor por los musicales nació ese día. Aunque no entendí demasiado la trama en su momento, la música llenó mi espíritu. Desde entonces no me pierdo un buen musical, pero de eso ya les he hablado antes.

Su inesperada muerte

La muerte siempre es triste, pero es distinto cuando se trata de una persona enferma que cuando ves desaparecer, de un día para el otro, a un ser que exudaba pura vida.

En vísperas de las Navidades, mi padre sufrió un accidente de tránsito que lo tuvo entre la vida y la muerte; falleció en los primeros días de enero. Para una niña de diez años es difícil entender la verdadera dimensión de la muerte. Solo asimilas que no vas a verlo más, que ya no regresará a casa con sus cantos y su hablar deslenguado, y que ya no te llevará más al cine a ver películas que no entiendes del todo, pero que te cambian la vida y marcan un antes y un después.

Conclusiones: El héroe imperfecto

Después de su muerte, mi madre descubrió cosas de él que ella intuía pero no quería ver. Yo era muy pequeña y nadie quiso explicarme. Cuando crecí, tampoco me atreví a preguntar porque no quería destruir esa imagen de hombre perfecto que guardaba en mi memoria.

Hoy sé que nadie es perfecto, que nadie puede ser ese héroe de las leyendas sin una pizca de debilidad. Y él no lo fue. Pero para mí sigue siendo el padre cariñoso y simpático que nos amaba. Ahora sé que también era mujeriego y bebedor, que le gustaba la fiesta y pasar tiempo fuera de casa. Si hubo un superhéroe absoluto en esta historia fue mi madre, que luchó por sacarnos adelante y jamás destruyó la imagen del padre que nosotros adorábamos.

Aun así, en las vísperas del Día de los Padres, el corazón se pone nostálgico. Cómo quisiera poder volver a hablar con él; que me preparara aquellos batidos de chocolate y la carne asada con papas que solo él sabía hacer. Quisiera que pudiéramos sentarnos juntos a ver de nuevo Los Paraguas de Cherburgo, la película donde aprendí, sin saberlo, que no todas las historias tienen finales felices, pero que los recuerdos hermosos pueden durar para siempre.

¡Felicidades a todos los padres, dondequiera que estén!

Mi padre y yo

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