¿Qué tecnología ya pasada de moda echas más de menos, y por qué?
Nostalgia tecnológica
Soy una amante de la tecnología. Y aunque ya soy una abuela, me encanta probar las cosas nuevas: los teléfonos de última generación, las aplicaciones de streaming, la internet super rápida y la inteligencia artificial, entre otras muchas conquistas de la humanidad en este siglo.
Sin embargo, a veces echo de menos un poco de romanticismo, de sorpresa, de ese abrir los ojos a todo lo que da ante nuevos inventos o cosas que ahora parecen normales, pero eran casi ciencia ficción en mi juventud.
Hace veinte años, cuando llegué a este país, me admiraba de todo. De esos televisores enormes con montones de canales que iba pasando y parecían no terminar nunca. Yo venía de un país donde solo había dos canales de televisión, las salas de cine ya estaban en extinción y los privilegiados que teníamos un aparato de DVD nos dábamos el lujo de alquilar películas y shows en bancos clandestinos o en las tiendas en dólares donde había alquiler de películas.
Al principio éramos solo mi esposo y yo, y nos aburríamos soberanamente los fines de semana, lejos de la familia, después de haber trabajado como bestias toda la semana. Entonces nuestro pequeño lujo era ir a Blockbuster, y allí empezaba una ceremonia que hoy ya no existe.
Entrábamos como quien entra a una iglesia moderna: luces azules, estantes interminables, carátulas brillantes. Caminábamos despacio, leyendo títulos, comentando, riéndonos. Era un ritual. No había prisa. No había algoritmo decidiendo por nosotros. Éramos dos emigrantes cansados, escogiendo una película como quien escoge un respiro.
Luego vino Netflix con sus sobres rojos que llegaban a la casa como pequeñas cartas de amor al entretenimiento. Teníamos un plan de dos películas, porque así cada uno podía pedir lo suyo: yo mis comedias románticas y mis musicales, y mi esposo sus thrillers llenos de persecuciones y conspiraciones.
Era un sistema tan simple y tan perfecto. Uno entraba al catálogo —que parecía un menú de sueños impresos— escogía la película, y unos días después aparecía el sobre rojo en el buzón. A veces llegaba uno solo, a veces los dos juntos, y era como recibir regalos sin cumpleaños. Había algo profundamente romántico en esa espera. No era “play” inmediato. Era una pausa. Una anticipación. Una emoción chiquita pero constante.
En la televisión fui testigo de la primera vez que se vendió un iPhone en un viernes negro. Recuerdo la fila, la emoción colectiva, la gente entrando a la tienda como si estuvieran comprando un pedazo del futuro. Y yo pensaba: “Nunca tendré un teléfono de esos.”
Era demasiado caro, demasiado avanzado, demasiado lejos de mi realidad de emigrante recién llegada, contando cada centavo y aprendiendo a vivir en un país que todavía me quedaba grande.
Pero ahora lo tengo.
Lo uso todos los días.
Me entretengo mucho… creo que demasiado.
Las redes sociales se han convertido en mi cine, mi revista, mi sala de estar, mi compañía. Ya casi no veo películas. Me entretengo haciendo scrolling de una pantalla a otra, como si mi atención fuera una mariposa inquieta que no se posa en ningún pétalo por más de unos segundos.
Mi mente se ha acostumbrado al cambio constante:
un comercial,
luego un chiste,
después una noticia,
una canción,
un desafío de baile,
una receta,
un consejo,
un video de alguien que no conozco pero que ya siento familiar.
Es un carrusel infinito.
Y en ese carrusel, las películas me aburren.
Muy pocas series me enganchan.
Mi atención ya no es la misma: está entrenada para el salto, no para la permanencia.
A veces extraño aquella época en que nos sentábamos a disfrutar una buena película.
Sin prisa.
Sin notificaciones.
Sin distracciones.
Sin la sensación de que el mundo entero te toca la puerta cada cinco minutos.
Extraño cuando la tecnología era una sorpresa, no una obligación.
Cuando ver una película era un evento, no un fondo de pantalla emocional.
Cuando la atención era larga, profunda, paciente.
Cuando uno podía quedarse quieto sin sentir que se estaba perdiendo algo.
Quizás por eso, aunque amo la tecnología —y la seguiré amando hasta el último invento que salga— también guardo un rincón de nostalgia por ese tiempo en que la vida era más lenta, más enfocada, más ceremonial.
Un tiempo en que un DVD, un sobre rojo o una visita a Blockbuster podían ser suficientes para hacernos felices.

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