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Vivir con dolor crónico y que no te entiendan

Vivir con dolor crónico es vivir en silencio.
Es seguir adelante mientras el cuerpo protesta, mientras cada movimiento pesa más de lo que debería, mientras la gente asume que todo está bien porque tú sigues funcionando. Pero quisiera poder gritarles a los que me juzgan:

Cuando me ves haciendo las cosas de la casa sin chistar, tengo dolor.
Cuando me río de alguna broma y parezco contenta, tengo dolor.
Cuando camino por el barrio o hago mis compras, tengo dolor.
Cuando estoy callada, texteando en mi móvil, sentada, aparentemente descansando, tengo dolor.
Cuando cuido de mis nietos o juego con ellos, también tengo dolor.

Y por la noche, cuando todos duermen, me muevo de un lado a otro de la cama, cambio de posición… y siento dolor.
Me levanto para ir al baño o porque ya es hora de empezar el día… y siento dolor.

No tomo calmantes porque ya lo hice durante años cuando aún trabajaba y solo logré enmascarar el dolor y dañarme el estómago.
Me dieron gastritis, me quitaron el sueño, me dejaron peor.
Así que ahora hago mis actividades en intervalos de veinte minutos: trabajo un poco, me siento, descanso, respiro, vuelvo a intentarlo.
No es flojera, no es desorden, no es falta de ganas.
Es supervivencia.

Si no puedes ayudarme, no me juzgues

A veces tengo miedo de que llegue alguien y vea la casa sin limpiar, los platos esperando, la ropa sin doblar.
Miedo de que piensen que soy descuidada, que no hago lo suficiente, que exagero.
Estoy cansada de ser juzgada por un dolor que no se ve, por un cuerpo que lucha todos los días, por una realidad que solo yo siento desde adentro.

A veces me critican porque me ven sentada en mi butacón demasiado rato.
No saben que no tengo fuerzas para pararme y sentir de nuevo el dolor, el hormigueo, la inestabilidad.
Mi reloj me advierte que estoy inestable, que puedo caerme.
A veces necesito unos minutos para que mi cuerpo encuentre el equilibrio, para que mis piernas recuerden cómo sostenerme.
Pero la gente cree que soy lenta o floja.
Que no me juzguen si no me entienden.
Yo hago lo que puedo, con lo que tengo, desde este cuerpo que lucha todos los días.

Yo no me he dejado vencer por el dolor, y eso es lo más importante.

El dolor crónico no se ve.
No hace ruido.
No avisa.
Pero está ahí, constante, pegado a mí como una sombra que no se despega.

Aun así, sigo.
Sigo porque tengo una casa que cuidar, una familia que amo, nietos que me llenan el alma, mañanas que todavía valen la pena.
Sigo porque aunque mi cuerpo duela, mi vida sigue siendo mía.

El dolor no es mi identidad.
Es mi límite, no mi final.
Es mi carga, no mi nombre.

Y mientras pueda moverme, aunque sea lento, aunque sea torpe, aunque duela… seguiré avanzando.
Un día a la vez.
Un tramo a la vez.
Un pequeño logro a la vez.

Porque vivir con dolor no es rendirse.
Rendirse sería dejar de intentarlo.
Y yo, a pesar de todo, todavía estoy aquí.

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Una respuesta a «🌹No todo es color de rosa: vivir con dolor crónico.»

  1. […] agotada, tomando calmantes, café en exceso y comiendo lo primero que apareciera. Mi vida giraba entre el trabajo, la crianza […]

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