Los bebés de Cuba olían a violetas. Ese olor no era un perfume que yo me ponía o que me gustaba especialmente: fue el olor que nos crió.
Vivía en las casas, en las mantillas, en las manos de las madres, en la piel tibia después del baño.
Es un olor que define una nacionalidad y una forma de cuidar.
💜 De dónde viene ese olor
La violeta no nació como olor de bebé. Nació como olor fino de Francia.
La violeta es una flor pequeña, humilde, y su esencia es una de las más difíciles de capturar. Por eso los perfumistas de Grasse —la capital del perfume— la convirtieron en símbolo de pureza y limpieza.
Esa tradición llegó a La Habana en el siglo XIX con las grandes fábricas habaneras: Crusellas y Sabatés enseñaron a Cuba a oler rico: jabones Candado, Palmolive, pasta Colgate y, entre todo eso, agua de violetas y lavanda.
Pero el frasquito que todos recordamos tiene fecha exacta: 6 de diciembre de 1927. Ese día, Agustín Francisco Reyes fundó su empresa de perfumería en Cuba.
Su pasión por las plantas lo llevó a Grasse, donde aprendió el arte de la perfumería. De ahí nace Royal Violets, el olor que marcó generaciones.

Después del 59, la familia se fue con la fórmula a Hialeah y el olor se conviertió en exilio. Pero en la isla quedó la tradición y, más tarde, en manos de Suchel*, se siguió usando esencias naturales de la firma Robertet de Francia.
Por eso todos lo tuvimos, aunque fuera con otro nombre: Bebyto, Nenuco, Royal Violets, Lavanda de Crusellas. Era la colonia barata, fresca, que no ofendía a nadie. La colonia que olía a bebé y a madre amorosa.
💜 Mi violeta
En mi casa no había bebé que no saliera del baño con su chorrito de violetas en la cabecita. Así me enseñaron.
Así crié a mis hijas. Ellas siempre olieron a violetas. Y de ahí nació ese amor por las buenas fragancias que aún hoy conservan.
En los calores intensos de La Habana, les limpiaba las manitas pegajosas y les ponía un poquito en el cuello.
Las viejas decían que así se ahuyentaban las moscas y los mosquitos.
No sé si era ciencia, pero la casa quedaba fresca y ellas tranquilas.
De adulta seguí usando violetas porque siempre he sido alérgica a los perfumes fuertes. Cuando Suchel creó Pétalos de Violeta, esa fue mi colonia: suave, limpia, sin dolor de cabeza. Era mi olor.
Cuando nació mi primer nieto aquí, en Kentucky, la busqué.
La encontré. Y le puse un poquito en su cabecita, como me enseñaron a mí.
Ahora dicen que no se debe poner perfume a los bebés, y lo entiendo, pero en mi memoria un bebé sin violetas no estaba terminado de bañar.
💜 El universo olfativo que me queda
He buscado ese olor entre miles de fragancias en tiendas modernas, y solo lo he encontrado en los mercados cubanos aquí en Kentucky.
Junto al aroma de las rosas, forman parte de mi universo olfativo de la nostalgia: los tiempos en que los bebés olían a violeta y las muchachas nos poníamos perfume de violeta para ir al cine y comernos un sandwichito y un batido en El Potín o El Carmelo, en aquella Habana que algún día tendrá que volver.
El Potín, cafetería del Vedado abierta día y noche, diseñada para los jóvenes habaneros.

El Carmelo, cerca del Amadeo Roldán, era un restaurante, panadería y dulcería de Calzada y D, famoso entre los vecinos del Vedado. En mi época ya no tenía el esplendor de antes, pero se podía comer sandwich, batido y hasta algún dulce a precios accesibles.

Así era la salida: cine o teatro, sandwich de jamón y pierna con su pepinillo, y un toquecito de violetas antes de salir.
Hoy solo quedan ruinas, pero el olor de mi nostalgia permanece como el de la famosa magdalena de Proust, mi Habana todavía huele en mi memoria. Y huele a violetas.

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