¿Qué libro nunca terminaste, pero todavía se te queda en la cabeza?

Si me preguntan cuál es el libro que empecé a leer y no he podido terminar, pero que sigue rondándome la cabeza, la respuesta es This Is Me: A Reckoning, de Hayden Panettiere. No porque sea un mal libro. No porque sea aburrido. Sino porque me toca demasiado cerca.

El pasado 16 de agosto el mundo despertó con la noticia de la muerte de Hayden Panettiere. Siempre resulta sobrecogedor enterarse del fallecimiento de una estrella; todos imaginamos que viven una vida llena de glamour, con dinero suficiente para viajar, cumplir sus sueños y sostener una carrera llena de éxitos y reconocimientos. Pero duele más cuando se trata de una persona joven, en la plenitud de su vida, como ya antes ocurrió con Cory Monteith y Naya Rivera, dos figuras en ascenso en el cielo de Hollywood, y otras muchas jóvenes promesas.

De todos los personajes interpretados por Hayden a su aún corta edad, disfruté especialmente el de Juliette Barnes, la cantante de country en la serie Nashville, porque, al igual que ella, era un alma herida que también atravesó depresión posparto, alcoholismo y adicciones.

Entonces tuve el impulso de comprar su autobiografía, This Is Me: A Reckoning. La compré movida por esa mezcla de tristeza, curiosidad y empatía que uno siente cuando una figura pública cae en silencio. Siempre me pareció una chica hermosa, talentosa, aparentemente sana. Una vida por delante. Una hija que cuidar. ¿Qué falló? Aún los detalles de las causas de su muerte quedan por esclarecer, pero lo que estaba claro por su propia biografía es que era un alma rota.

Hayden forma parte de ese grupo de niños sin niñez, expuestos desde muy temprana edad a cámaras, exigencias, contratos, presión, perfección. Creció trabajando, actuando, sosteniendo personajes mientras aún estaba aprendiendo a sostenerse a sí misma. Y además tuvo una vida difícil, llena de retos que no siempre se ven desde afuera.

La recordaba también como la sonriente cheerleader de Bring It On: All or Nothing, por su papel en el docudrama sobre Amanda Knox y en la serie Heroes. Pero desde las primeras páginas de su biografía entendí algo que me golpeó: Hayden parecía cargar heridas profundas que no siempre eran visibles desde afuera.

Esa pregunta me persigue desde entonces: ¿qué libro empecé y no he podido terminar, aunque todavía sigue rondándome la cabeza? Este. El de Hayden.

La atmósfera del libro es oscura, densa, emocionalmente exigente. Y en estos últimos tiempos, yo misma he atravesado una racha de ansiedad que me ha hecho difícil avanzar. A veces, cuando una está vulnerable, el dolor ajeno se siente demasiado cerca. Y también porque tengo hijas que han tenido que luchar contra ese sentimiento de insuficiencia que sentimos las mujeres profesionales después de ser madres en una sociedad que cada vez nos exige más competencia y perfección.

Hay un momento en el libro que me detuvo por completo: cuando Hayden explica cómo terminó cediendo la custodia de su hija durante una etapa marcada por su depresión posparto y sus adicciones. No fue abandono. Hayden ha contado que le dolía criar a su hija por FaceTime, pero también que necesitaba priorizar su recuperación y la estabilidad de la niña. Pensé en ese padre que acudió, que sostuvo, que cuidó a la pequeña mientras ella intentaba salvarse. Y pensé también en lo contrario: en los casos que circulan en redes donde la negligencia se disfraza de maternidad. Hayden hizo lo opuesto: se apartó para no dañar.

Y mientras todo esto ocurre, también circulan casos de mujeres que han dañado o matado a sus hijos en contextos donde se menciona la psicosis posparto. Se habla de ella como si todos supiéramos lo que significa, pero la verdad es que casi nadie entiende cómo se manifiesta, cómo se siente o cómo puede transformarse una mente cuando está al límite.

Lo más preocupante es que en nuestras comunidades latinas y caribeñas todavía se escucha:

“Los latinos no nos deprimimos.” “Los caribeños somos fuertes.” “Los pobres no tienen tiempo para deprimirse.”

Pero la salud mental materna no respeta mitos culturales. No distingue entre acentos, países, climas o clases sociales. A veces llega. A veces arrasa. A veces destruye.

Y muchas mujeres no saben que lo que sienten tiene nombre. Que no es flojera. Que no es drama. Que no es falta de carácter. Que es una condición mental seria que necesita atención y acompañamiento.

Este post no pretende explicarlo todo. Solo abrir la puerta. Solo decir que este tema existe, que es real, que es urgente, y que lo voy a retomar en futuros textos porque merece ser hablado con calma, con claridad y sin vergüenza. Y aunque no soy especialista, soy mujer, soy madre, soy tia y abuela de una niña. Probablemente también sufrí depresión posparto y no supe darle nombre a toda aquella vorágine que me hundió después de tener a mi segundo bebé. Por eso quiero seguir leyendo el libro de Hayden e investigando un poco más sobre esta enfermedad mental; lo que encuentre lo seguiré compartiendo en futuros posts. Pero si sientes ansiedad, tristeza persistente, depresión o pensamientos que te asustan, busca ayuda especializada. Si estás cerca de alguien que está pasando por depresión posparto o por eso que a veces se minimiza como baby blues, apóyala, sostenla y ayúdala a buscar atención profesional. Protege a los niños, apoya a la madre y no dejes sola a una mujer que está sufriendo.

Por ahora, solo quiero dejar esto aquí: Hay libros que no podemos terminar porque nos tocan demasiado cerca. Y hay temas que no podemos seguir ignorando porque ya están demasiado presentes.

Este es uno de ellos. Y apenas estamos empezando.

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