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Me casé con un hombre del campo
Cuando conocí a Fernando en la Universidad él era un profesor talentoso y destacado. Fue mi profesor de traducción, un intelectual de libros, conferencias y escritura. Pero con el tiempo descubrí otra parte de él: el hombre de campo.
Vivía en un pueblo en los márgenes de La Habana, llamado Wajay, y tenía un patio que era un tesoro. Solo que entonces no lo sabíamos o no lo apreciábamos lo suficiente. Había aguacates, plátanos, árboles frutales, un cocotero del que ya he hablado en otra historia.
Cuando íbamos a visitar a su madre, nuestras hijas corrían felices por aquel patio y se escapaban al terreno de atrás a traer maíz fresco para hacer tamales. Fernando abría un hueco en el patio y asaba los pollos más deliciosos que he comido en mi vida. Y yo, que venía de la parte vieja de la Ciudad de la Habana, donde crecí rodeada de edificios envejecidos, calles llenas de charcos y tendederas, aprendí con él a apreciar la vida verde y sencilla.
Pero tocó emigrar, y vinimos a dar nada más y nada menos que a Kentucky. Desde el avión ya se podía apreciar el verdor de esta ciudad a la que llegué apenas comenzada la primavera. Vivimos en varios apartamentos rodeados de áreas verdes por doquier. Pero años después, cuando llegamos a esta casa nos miramos y nos dijimos que este sería nuestro hogar.
Y como siempre, Fernando volvió a hacer lo que sabe: sembrar. Plantó melocotones, peras, un manzano, tomates cada verano y también berries, como un intento de traer un pedacito del Wajay a esta tierra nueva.
Pero este no es el patio tropical. Aquí los árboles necesitan más dedicación, el clima es impredecible y nosotros ya no somos tan jóvenes. Además están las ardillas, los pájaros y toda esa fauna salvaje que todavía no entendemos. A veces las heladas llegan fuera de fecha o una ventolera tumba las flores justo cuando empiezan a cuajar.
El año pasado me propuse luchar contra las plagas y compré productos orgánicos que apliqué disciplinadamente. También sembré tomates de diferentes tipos con la esperanza de tener una buena cosecha. Pero no tuve muy buenos resultados y por eso este año desistí de sembrar tomates y solo le permití a Fernando dos, una de las cuales ya está cargada.
A pesar de que no les he hecho demasiado caso, este año los árboles están cargados de frutas y tal vez tengamos suerte. Las berries también vienen creciendo, tercas y pacientes, como si insistieran en recordarnos de dónde venimos. Y es cierto que este no es nuestro patio tropical, lleno de aguacates y guayabas, de chirimoyas y cocos gigantescos, pero tenemos la dicha de ver correr a nuestros nietos libres y felices.
Quién sabe si este año tengamos suerte y podamos comer alguna manzana de nuestro árbol, una pera o un melocotón. Verlos florecer después del duro y prolongado invierno ya fue una alegría. Y eso, para nosotros, es suficiente para seguir intentándolo.
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