Sugerencia de escritura del día
¿Cómo conociste a tu pareja?

El hombre de las orquídeas

Lo conocí una mañana fría de febrero, en un aula de la Facultad de Lenguas Extranjeras. Tenía ese aire romántico de los héroes de las novelas que siempre me han gustado, y enseguida comprendí que era un alma herida. Para mujeres como yo, que cargamos un instinto maternal casi genético, un hombre vulnerable puede ser lo más atractivo que exista. Pero entonces mi corazón estaba ocupado y medio roto, y el suyo también.

Fue mi profesor durante los últimos tres años de la carrera. En ese tiempo descubrí a un hombre amoroso, dedicado, que hablaba de sus hijos con ternura y de su familia con respeto. Un día llevó a su niño pequeño a clases, y lo vi tratarlo con una delicadeza que me atravesó. Me dije en silencio que quería un hombre así como padre de mis hijos. Pero él estaba casado. Y era mi profesor. Inaccesible.

Yo sentía su predilección por mí, y también su atracción. Mis compañeros lo notaban y bromeaban con la manera en que me miraba cuando iba a la pizarra. Yo era la alumna aventajada, y estaba en la flor de mi vida: diecinueve, veinte años a lo sumo.

Pasaron los años y pasamos de ser alumna y profesor a ser colegas. Entonces lo vi más de cerca: más vulnerable, más herido, más humano. Sentí deseos de abrazarlo, de cuidarlo, de ser ese refugio que él no pedía pero necesitaba. Y eso he tratado de hacer toda la vida. No sé si bien o mal; eso tendría que evaluarlo él.

Nos enamoramos. Nos casamos. Y en cada pelea, en cada discusión, él intentaba conquistarme con orquídeas. Las cultivaba en su patio: hermosas, malvas, delicadas, como si cada flor fuera una disculpa, una promesa, una forma de decir “aquí estoy”.

Cuando se mudó conmigo a La Habana Vieja, quiso plantarlas en mi balcón. Las cuidó con devoción, pero no sobrevivieron. Lo que sí sobrevivió fue nuestro amor, nuestra voluntad de cuidarnos mutuamente, nuestra manera de sostenernos en silencio. Hemos atravesado penurias, enfermedades, pérdidas, y aquí estamos: más unidos que nunca.

Fernando ha sido el padre y el abuelo más amoroso que pude haber buscado. Un proveedor mientras pudo. Un hombre cariñoso a su manera, con ese carácter que yo he tenido que aprender a leer: de los que aman hacia dentro, de los que llevan el dolor en silencio.

Su cabello y el mío se han tornado grises. Y solo me extraña que no haya querido sembrar orquídeas en el patio de mi casa en Kentucky, aunque tuviéramos que construirles un invernadero. Solo tenemos una plástica, fea, que no hace honor a las orquídeas del Wajay.

Del futuro prefiero no hablar. Con mi ansiedad anticipatoria he imaginado mil escenas, pero elijo dejar que la vida me lleve día a día. Que podamos seguir disfrutando de nuestra compañía por mucho tiempo.

Fernando es, y siempre será, el hombre de las orquídeas

Deja un comentario

Trending

Descubre más desde Sol de Coco

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo