Segundo domingo de mayo, Día de las Madres.
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La canción decía así:
Madrecita del alma querida, en mi pecho yo llevo una flor. No me importa el color que ella tenga, porque al fin eres madre una flor…
Hubo un año en que no quise ir a la celebración. Estaba sufriendo bullying (acoso escolar) y no quería decírselo. Mi mamá no era de las que te abrazaban diciendo “pobrecita”.
Ella me decía: si te dicen, tú respondes; y si te dan, tú das más fuerte. No era violencia: era supervivencia. Era la forma en que las madres cubanas te preparaban para no dejarte avasallar. Probablemente así la educó mi abuela, y así me educó ella a mí.
Y siempre que la escucho lloro. Cada mayo, en la escuela, la cantábamos.
Y aunque entonces no lo entendía, hoy sé que esa canción era un retrato de ella.
Mi madre, fuerza e inspiración.
MI madre era una mujer sencilla, frágil, vulnerable. Pero en su debilidad había una voluntad inquebrantable. Tal vez porque tuvo que ser madre y padre a la vez, una mujer que tuvo que sostenerlo todo cuando mi padre murió, y que solo sobrevivió gracias a su fortaleza interior y al apoyo de su familia.
Era pequeña de cuerpo, pero inmensa por dentro. De niña estuve enferma muchas veces, y ella siempre estaba ahí. No con quejas, no con dramatismos, sino con ese amor práctico que cura: sus natillas con caramelo, sus ensaladas frías, el pastel de chocolate de mis cumpleaños, los purés de frijoles porque yo tenía problemas con las texturas, y aquellas rositas, las mini hamburguesas que inventó solo para que yo no tuviera que decir una palabra que no me gustaba.
Ese era su lenguaje: cocinar para sanar.
Nunca supe su edad exacta. Ella me ocultaba que me había tenido después de los treinta, porque yo asociaba la vejez con la muerte, y ya había perdido a mi padre.
Yo era una niña muy sensible, y ella hacía lo imposible por evitarme un dolor más.
Mi madre, la leona
La veo todavía empinándose —ella, tan chiquitica— para defender a sus hijos.
Como aquel día en que fue a buscar a mi hermana a la escuela al campo y no la querían dejar salir. Se plantó, se alzó, y dijo que nadie podía decirle qué hacer con una hija que ella había parido. No estaba pidiendo permiso, estaba informando una decisión ya tomada.
Y la veo también aquella noche en el hospital. Yo recién operada, sola, mi esposo atendiendo a nuestras hijas. Ella, casi ciega por las cataratas, muy enferma, llegó a media noche. Yo estaba casi sin conocimiento, pero sentí el olor de sus manos.
Ese olor que extraño todavía siento cuando estoy enferma. Ese olor a especias, ajo, y cebolla que se mezclaba con el olor a esencia de rosas que ella guardaba como un tesoro, porque mi papá se la había regalado.
Hubiera querido ser una hija mejor
A veces pienso que pude haber sido una mejor hija. Fui rebelde, contestona, humana, imperfecta. Pero hice todo lo que pude para complacerla. Y sé que ella lo sabía. Las madres siempre lo saben.
Estudié para que estuviera orgullosa de mí. Cree una familia y me hice madre y esposa. Y al final de su vida cuando en medio de las adversidades yo seguía estudiando, me dijo que me detuviera ya, que me veía muy cansada. Ella supo leer mi agotamiento y mis dolencias que ya venían antes que los médicos pudieran diagnosticarme.
Hoy, Día de las Madres, la recuerdo así:
firme, pequeña, luminosa, valiente, amorosa a su manera.
La mujer que me enseñó a resistir sin volverme dura.
La mujer que me enseñó a cuidar sin perderme.
La mujer que me enseñó que el amor también se cocina, se inventa, se defiende.
La mujer que fue madre y padre, sostén y refugio, raíz y techo.
Este post es mi flor para ella.
La que llevo en el pecho desde niña.
La que no se marchita.
La que sigue viva en mí.
🌿 Nota final y una reflxión
La canción “Madrecita del alma querida” fue compuesta por el cubano Osvaldo Farrés, uno de los grandes autores de la música popular del siglo XX. Con el tiempo, su bolero se convirtió en un himno sentimental que las escuelas cubanas cantaban cada mayo para celebrar el Día de las Madres.
La celebración moderna del Día de las Madres fue introducida por Anna Jarvis en Estados Unidos en 1914, pero en Cuba adquirió un carácter propio: íntimo, musical y profundamente emocional, marcado por esta canción que tantas generaciones llevamos en el pecho como una flor.
El verso final de la canción dice que «aunque amores yo tenga en la vida, que me llenen de felicidad, como el tuyo jamás madrecita, como el tuyo no habré de encontrar».
Y así es, porque el amor de las madres es único e incondicional.








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