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¿Qué animales son las mejores/peores mascotas?

🐾Mis perros: amor, pérdida y hogar

Lo pensé dos veces antes de escribir este post sobre los perros… mis perros.

Con cada uno de ellos disfruté la vida y lloré su partida.

De niña, solía sentir cierta aversión hacia los perros. Mi mamá siempre me quitaba la idea de tener uno, ya fuera por motivos higiénicos o porque, según ella, podían ser peligrosos. Con el tiempo descubrí que detrás de esa negativa había una historia: ella también había tenido un perro, y lo había perdido en circunstancias traumáticas.

🐩Mis perros cubanos

Recuerdo que, siendo niña, escuchaba la canción “Cuando me fui de La Habana”. Hablaba de alguien que se marchaba y dejaba atrás a su perro chino. Esa imagen se me quedó grabada, aunque en ese momento no entendía del todo lo que significaba dejar… ni lo que dolía.

Mi hija trajo a Musi a casa

🐕‍🦺Musi

Cuando conocí a Musi entendí que lo que yo creía que era aversión no era más que un temor infundado, un techo mental. La amé desde el primer instante, desde que vi sus ojos nobles y amorosos.

Aunque fue mi hija menor quien la trajo a casa, ella me escogió a mí como su dueña. Y así, sin proponérmelo, nos volvimos inseparables.

Keti, la perrita rebelde

🐕Osita y Keti

Luego llegó Osita. Vino muy pequeña y débil; la habían abandonado en un parque, y mis hijas, junto a mi sobrina, la rescataron. Con el tiempo, Osita se convirtió en una perrita hermosa, con rasgos de pastor alemán, protectora del hogar y profundamente noble.

Después recogí a Keti. Se había refugiado en la escalera de mi casa, huyendo del abuso al que son sometidos algunos perros en Cuba, utilizados para entrenar perros de pelea. Llegó brava, desconfiada, rebelde… como quien ha tenido que defenderse demasiado pronto.

Eran tiempos difíciles, de mucha escasez. Y aun así, cada uno de nosotros sacaba algo de su plato para darles de comer. Yo limpiaba unos pescados negros y les daba las masitas, para que al menos tuvieran algo en el estómago.

Osita en su nuevo hábitat

✈️La despedida

Cuando decidí irme de Cuba, tuve que hacerlo sola. Dejé atrás a mis hijas… y a mis perros.

Fue una despedida que no terminó de suceder, porque hay despedidas que no se dicen, que se quedan suspendidas en el aire.

Lo último que recuerdo son los ladridos de Musi, como si supiera, como si quisiera detenerme. Nunca volví a verla.

Aunque me fui con el firme propósito de reunirlos a todos, la vida tenía otros planes. Musi no pudo esperar. Murió en brazos de mi hermana… y esa es una de esas ausencias que no encuentran consuelo.

Keti disfrutando el invierno

🦴Rocky, Gia y Pomchi

Keti y Osita lograron hacer la travesía. Pero la alegría nunca es completa. Keti murió de forma súbita y dejó un vacío profundo, de esos que se sienten en la rutina, en el silencio de la casa, en los lugares donde solía estar. Un vacío que no se llena… pero que, de alguna manera, se aprende a acompañar.

Fue entonces cuando llegó Rocky, mi único perrito macho. No vino a reemplazar a nadie, porque el amor no se sustituye, pero sí vino a sanar, a traer otra forma de compañía, otra energía, otra historia.

Rocky, Gia y Osita: una nueva familia

Rocky era una mezcla de salchicha. Lo recogieron en las Rocky Mountains, y de ahí nació su nombre. Había sido víctima de abuso. Le temía a los truenos, a los fuegos artificiales… a todo aquello que estalla sin aviso. Nunca pudo contarme su historia, pero yo la leía en sus ojitos tristes. Cuando se rompió la espalda, logré salvarlo con una operación costosa. Luchó. Luchamos juntos. Pero no pude salvarlo del cáncer.

Después llegaron Gia y Pomchi, hermanas inseparables, que entraron a mi vida a través de mis hijas y, con el tiempo, formaron junto a Rocky una pequeña gran familia. Llenaron la casa de vida, de movimiento, de compañía. De ese amor silencioso que solo los animales saben dar.

Entonces ellas también se fueron. Gia murió primero. Hicimos todo lo posible por salvarla, pero el reloj biológico no perdona. Y fue ella misma quien nos pidió que la pusiéramos a dormir. Pomchi murió en noviembre del año pasado, entre mis brazos. Todavía sus cenizas esperan la primavera para descansar en mi jardín, cerca de donde yace su hermanita. Allí, juntas de nuevo, como siempre debieron estar.

😿El vacío y la esperanza

He escrito este artículo con lágrimas en los ojos. Espero que poner estas palabras en papel me ayude a sanar, porque estas heridas aún duelen. Siento que podría haber hecho más por ellos… y no me conformo con lo que hice.

Quisiera volver a llenar este vacío con una nueva criatura como ellas. La razón me recuerda que no tengo la salud ni los recursos suficientes para adoptar otro perrito y darle las condiciones óptimas. También pienso que tal vez ya no lo voy a sobrevivir… y eso me entristece profundamente.

Pero el corazón me sigue pidiendo adoptar otro animalito. Porque esta casa, sin un perro, parece un edificio vacío. Los perros la convierten en un hogar cálido, lleno de vida, de compañía y de amor incondicional.

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