Cuéntanos alguna ocasión en la que no actuaste, pero te arrepientes de no haberlo hecho. ¿Qué habrías hecho de otra forma?
Aprender a manejar
Vine a este país ya adulta. Tenía 47 años entonces. Pero eso no es excusa, mi esposo aprendió y era mayor. Maneja bien, nunca ha tenido accidentes.
No se aventura por las súper carreteras ni maneja distancias muy largas, pero puede moverse y me mueve a mí.
En mi país muy pocas personas podían aspirar a tener un auto. El aprendió a moverse en una bicicleta. Yo tampoco pude aprender a montar bicicleta. Lo intenté muchas veces pero no tenía equilibrio…ni tampoco paciencia.
Hubo un momento en que no saber manejar me limitaba. Estaba obligada a trabajar cerca de la casa. No fue el inglés ni tampoco la edad lo que no me permitió crecer en este país. Fueron mis techos mentales.
Mi hija menor llama “techos mentales” a esas limitaciones que nos ponemos nosotros mismos y que no nos permiten desarrollarnos. Viene del concepto del inglés “mental ceilings” y se refiere a esas creencias limitantes como “no soy capaz” o “ya es muy tarde para hacerlo”. Estás ideas solo existen en nuestra mente. Reconocerlas es el único modo de superarlas.

¿Techos mentales o responsabilidad?
En algún momento reconocí que tenía que aprender a conducir. Todos me empujaban a hacerlo. Me hablaban de la necesidad, de que todos lo hacían, me juzgaban, me criticaban.
Mi otra hija hizo algo mejor: me regaló su carro. Mi compañera de trabajo me obligó a sacar la licencia. “ Es tan fácil”, me decían todos y ya no pude negarme. Mi esposo se ofreció a enseñarme.
Fuimos a un parqueo grande a practicar. Juro que puse todo mi empeño pero mientras más nerviosa me ponía, menos me respondían las piernas. Mis manos se engarrotaban sobre el timón y no reaccionaba a sus voces de mando. El miedo me paralizaba. Mis piernas dejaban de funcionar.
No se si fue mental o físico, pero algo estaba fallando. La noche anterior a la práctica de manejo no podia dormir buscando una excusa para no ir o deseando que lloviera. Debí haber ido a consultar a un médico o a un terapeuta. Pero no lo hice. Me rendí.
Sentí que no era capaz de salir a la carretera a ponerme en peligro o poner en peligro la vida de otros. No fui capaz de superar mi “ techo mental”.
Al final entendí que mis techos mentales no eran incapacidad, sino miedo. Un miedo que no supe nombrar ni acompañar. No aprender a manejar no me hace menos valiente, al menos traté.
Hoy me miro con más compasión. Sé que rendirme entonces no define quién soy ahora. Y aunque no conduzca un carro, conduzco mi vida con más claridad, más conciencia y un poco más de ternura hacia esta mujer que lo intentó… y que sigue avanzando.






Deja un comentario