¿Qué miedos has vencido? ¿Cómo lo hiciste?
Sobreponerse a los miedos y fobias heredadas
Hoy es Halloween en Estados Unidos. Los patios del vecindario se han llenado de brujas, esqueletos, fantasmas inflables y calabazas iluminadas. Dentro de unas horas, los niños recorrerán las calles disfrazados, recogiendo caramelos y celebrando el miedo como si fuera un juego.
Pero mientras observo toda esa decoración festiva, pienso en otros miedos. Los miedos de mi infancia, las fobias recurrentes que no venían envueltos en dulces ni en disfraces. Llegaban en las historias de miedo que nos contaban nuestros mayores, esos temores infundados que nos persiguen hasta que llegamos a la adultez.
Nunca he sido amante de las historias de horror. Desde niña le tuve miedo a la oscuridad. Los adultos de entonces contribuían a exacerbar los temores. Existía toda una pedagogía del miedo. Estaba el viejo del saco que se llevaba a los niños desobedientes, el diablo Taitica enseñando los dientes y una larga colección de amenazas imaginarias diseñadas para corregir nuestra conducta. Hoy pienso que aquella psicología dejaba marcas más profundas que una chancleta. Las heridas no se veían, pero dejaban cicatrices en el alma.
En medio de ese mundo apareció Edgar Allan Poe.

Llegó a mi vida demasiado pronto. Recuerdo que en un cuaderno escolar venía publicado La máscara de la Muerte Roja. Mi hermana me lo leía algunas noches antes de dormir. Yo la escuchaba fascinada y aterrada a la vez. Después llegaron El corazón delator y El entierro prematuro. Años más tarde vi una dramatización de El corazón delator en una teleclase y todavía hoy puedo evocar aquella sensación inquietante del corazón latiendo sin descanso, cada vez más fuerte, como una conciencia que se niega a callar.
Con los años comprendí que el verdadero talento de Poe no consistía en asustar. Consistía en instalar una idea en la mente del lector y dejarla allí para siempre.
De todos sus relatos, ninguno me marcó más que El entierro prematuro. Aquella historia despertó en mí un miedo que todavía me acompaña: la idea de quedar atrapada en un espacio cerrado, sin poder escapar, sin poder pedir ayuda. No sé si mi claustrofobia nació exactamente allí, pero sé que ese cuento le dio forma a un temor que me ha acompañado toda la vida. Tan profundamente que, llegado el momento de pensar en mi propia muerte, siempre he tenido clara una decisión: prefiero la cremación. Y si es necesario pasar por algunos de esos exámenes médicos que piden estar encerrados, tendré que hacerlo con sedación.
Pero si hay una obra de Poe que regresa una y otra vez a mi memoria es El cuervo. Durante años pensé que me impresionaban únicamente sus imágenes oscuras y aquel inquietante “Nunca más”. Sin embargo, con el tiempo entendí que quizás la razón era otra: Mi padre murió cuando yo tenía diez años.
Tal vez por eso ese poema encontró un lugar tan profundo dentro de mí. Hoy lo leo menos como una historia de horror y más como una historia de duelo. Un hombre que no logra resignarse a la pérdida de un ser amado. Un hombre que sigue preguntando, sigue esperando, sigue buscando respuestas imposibles. Y un cuervo que responde siempre lo mismo: nunca más.
Quizás por eso, cada vez que veo una bandada de cuervos en algún campo o posados sobre los árboles desnudos del otoño, mi memoria vuelve inevitablemente a Poe. No al escritor de cuentos macabros, sino al poeta que comprendió algo universal sobre la pérdida.
Hace una semana recordaba también las películas de Hitchcock y la impresión imborrable que dejaron en mí aquellas aves revoloteando sin control. Y me di cuenta de que Hitchcock y Poe compartían un mismo secreto. Ninguno necesitaba monstruos. Los dos entendían que los miedos más persistentes habitan dentro de nosotros. La culpa, la muerte, la soledad, la pérdida, el encierro.
Quizás por eso han sobrevivido al paso del tiempo mientras tantos monstruos modernos se olvidan y hasta causan risa. Y hasta hay brujas simpáticas y zombies amigables.
Noche de Halloween: Fiesta y celebración.

Esta noche los niños saldrán a pedir caramelos. Las brujas seguirán adornando los jardines y los esqueletos sonreirán entre las calabazas naranjas. Yo los miraré con simpatía, pero también con una sonrisa cómplice.
Porque sé que los miedos verdaderamente duraderos no viven en Halloween. Viven en la memoria.
Y algunos, como los libros que leemos demasiado jóvenes, nos acompañan para siempre.

Mientras escribo estas líneas, mi calabaza espera llena de caramelos al pie de la escalera. Dentro viaja una vieja brujita de cerámica con una pata partida y una escoba a sus pies. Afuera, los niños celebrarán el miedo disfrazados de monstruos y fantasmas. Yo los observaré pensando en Poe, en Hitchcock y en todos esos temores que nos acompañan desde la infancia. Y sonreiré al descubrir que, con los años, incluso algunos miedos terminan encontrando un lugar tranquilo en nuestra casa, sentados dentro de una calabaza naranja, entre chocolates y recuerdos.

¿Sabías que…?
🎃 Edgar Allan Poe no inventó el cuento de terror, pero sí le dio una profundidad psicológica que influyó en generaciones de escritores.
🖋️ «El cuervo» fue publicado en 1845 y convirtió a Poe en una celebridad literaria casi de la noche a la mañana. Paradójicamente, la fama no vino acompañada de prosperidad económica.
🖤 Muchas de las mujeres importantes en la vida de Poe murieron jóvenes, incluida su esposa Virginia. Algunos estudiosos creen que esas pérdidas explican la presencia constante del duelo y la muerte en su obra.
⏰ «La máscara de la Muerte Roja» no trata solamente sobre una epidemia. También es una reflexión sobre la imposibilidad de escapar del tiempo y de nuestra condición humana.
⚰️ Durante el siglo XIX existía un auténtico miedo a ser enterrado vivo. Poe aprovechó ese temor colectivo para escribir El entierro prematuro, uno de sus relatos más inquietantes.
🐦 Aunque muchos recuerdan «El cuervo» como un poema de terror, en realidad es una historia sobre la pérdida y la memoria. El verdadero protagonista no es el ave, sino el dolor de quien no logra dejar ir a un ser amado.






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