Cuando un color se convierte en sentimiento
En días pasados he estado hablando sobre el color anaranjado y lo que representa en la alimentación. Hablé sobre la fruta bomba, el mango, la zanahoria y los cítricos — de cómo los carotenoides que le dan ese color también cuidan tu vista y tu piel.
Pero, ¿te ha pasado que te vistes de color naranja y te mejora el ánimo? Es porque el naranja no solo alimenta el cuerpo: alimenta el alma. Es un color que, con solo mirarlo, transmite alegría y calidez — como si llevaras el sol adentro.
Un color que se siente antes de pensarse
No hace falta explicar el naranja para reconocerlo. Basta con verlo para sentir algo cálido, algo vivo. Para mí transmite alegría y calidez, esa sensación de sol de tarde que entra por la ventana sin quemar. Y no soy la única que lo siente así: la psicología del color coincide en que el naranja combina la fuerza del rojo con la luminosidad del amarillo, dando como resultado una tonalidad estimulante fuertemente asociada con emociones positivas como el entusiasmo, la sociabilidad y el afecto. Es, en cierto modo, el color menos solitario del espectro: invita a conversar, a reunirse, a estar de buenas.
El naranja que guía a los muertos: México

Pero el naranja tiene también una cara más profunda, y varía según la cultura. En México no es solo alegría: es un puente entre la vida y la muerte. Cada año, para el Día de Muertos, las calles de la República Mexicana se tiñen de naranja, rojo o amarillo gracias al cempasúchil, la flor que desde tiempos prehispánicos guía a las almas. Se cree que su color y aroma atraen y guían a los difuntos hacia las ofrendas, formando senderos desde la calle hasta el altar. Los mexicas ya asociaban ese tono dorado-naranja con el sol y lo colocaban en las tumbas porque creían que guardaba la tibieza del día. Ahí el naranja no adorna: cumple una función espiritual.
El naranja que vivo yo: el del Caribe
En el Caribe, el naranja se vive distinto. No es un ritual, sino paisaje y estética. ¿Sabías que en Willemstad, la capital de Curazao, el celeste, el naranja, el verde y el rosado pastel son los colores que componen las fachadas coloniales? Y no solo allí, esa costumbre de pintar las casas con colores vivos se repite en Puerto Rico, Barbados y otras islas. No hay un simbolismo profundo detrás; solo hay luz tropical, herencia colonial y ganas de alegrar la vista. Como cubana, así es como me llega el naranja: no en un altar, sino en una fachada, en una fruta madura, en el atardecer sobre el mar.
Cierre emocional
Mi anaranjado de Kentucky tiene otro significado: es otoño, fin de la cosecha, árboles que adquieren mil colores. Es hermoso, sí, pero no es mi color naranja.
Aquí es donde empieza mi viaje hacia la utopía, pero una que es real, que va a llegar algún día, y es que llegará el día en que Cuba también se pinte de colores. Que las fachadas se llenen de color naranja, amarillo y cuantos colores haya en el arcoiris. Que todos los cubanos podamos volver a sentarnos en el Malecón o en cualquier punto de la Isla y admirar esos atardeceres color naranja que nos regala el Trópico. ¡Ojalá y me alcance la vida para ver mi pueblo teñirse de alegría!
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