El viaje de una abuela de lo Dulce a loVital

Yo conocí a Raúl Castro

Describe un encuentro fortuito con un desconocido que te haya marcado positivamente.

Corrían los años 80. Mi hija acababa de nacer cuando me convocaron a participar en las llamadas Milicias de Tropas Territoriales, ese invento que pretendía convertir al pueblo en un ejército de reserva ante una invasión “imperialista”. Yo fui de mala gana. Trabajaba como profesora en la Universidad y pertenecía a la Unión de Jóvenes Comunistas, esa organización que funcionaba más como filtro político que como agrupación juvenil.
La consigna era clara: la Universidad es para los revolucionarios.
Y si quería conservar mi empleo, tenía que seguir el guion.

Pasábamos los días marchando bajo el sol, repitiendo consignas, cargando un AKM como si aquello fuera a servir para algo. Yo estaba recién parida, con el cuerpo todavía blando, sensible, agotado. Correr por el litoral de La Habana con aquel fusil al hombro era una tortura que nadie parecía ver. O que nadie quería ver.

Un día nos llevaron al Cacahual para un acto por la muerte de Maceo. Ese Maceo al que le atribuyen la frase de que quien intentara apoderarse de Cuba solo recogería el suelo anegado en sangre. No sé si lo dijo o no. A estas alturas, después de tantas mentiras repetidas como verdades, ya no estoy segura de nada.

Aquel día participó Raúl Castro. Llegó con su escolta, pequeño, achinado, nada agraciado, y difícil de asociar con su hermano mayor. Dio un discurso corto —por suerte— y desde la quinta fila yo veía cómo las mujeres de adelante empezaban a caer una tras otra. No habían desayunado, probablemente. El calor, el cansancio, la falta de comida… todo se combinaba para derrumbarlas como pollos.

Yo, no sé cómo, seguí de pie. O sí, lo sé, mi familia se sacrificaba por procurarme buena alimentación porque estaba dando el pecho.

Cuando terminó, Raúl se acercó. Preguntó qué había pasado, dijo que desde la tribuna había visto los desmayos y prometió que se ocuparía de que nos dieran comida en los actos. Una promesa mínima, casi una migaja, pero dicha con ese tono de quien cree que está resolviendo algo importante.

Lo miré de cerca.
Un hombre encogido, arrugado, con un poder inmenso para hacer el bien o el mal.
Un poder que crecería aún más cuando su hermano murió.

Y sin embargo, lo único verdaderamente positivo que saqué de aquel encuentro no vino de él.
Vino de mí.


Ese día, mientras veía a aquellas mujeres caer, mientras sentía el fusil clavarse en mi hombro adolorido, mientras escuchaba promesas vacías y discursos que no alimentaban a nadie, algo dentro de mí se quebró… o se acomodó, no lo sé.
Pero lo sentí claro: me dije, hasta aquí.

Hasta aquí la obediencia automática.
Hasta aquí el miedo disfrazado de disciplina.
Hasta aquí la farsa.

No fue un acto heroico. No cambió la historia del país. No detuvo nada.
Pero me devolvió algo que creía perdido: mi capacidad de decir no.
Mi derecho a no prestarle mi cuerpo ni mi tiempo a una maquinaria que solo sabía exigir.

Ese fue mi pequeño acto de libertad.
Mi primer gesto de dignidad en medio de un sistema que intentaba aplastarla.
Y aunque todo lo demás siguió igual, yo ya no era la misma.

A veces, lo único positivo de un encuentro es el momento exacto en que decides que no quieres seguir viviendo así.
Ese día, sin saberlo, empecé a recuperarme.

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