¿Cuál es la prenda o el accesorio más antiguo que llevas hoy?

Oda a mi piyama

En mi ropero conviven prendas que ya podrían celebrar cumpleaños. No porque sean piezas de lujo ni porque me dé pena despedirlas, sino porque soy de esas personas que termina soltando la ropa por aburrimiento, no porque se desgaste. La mayoría de mis cosas dura tanto que parece que se niegan a envejecer, y yo las dejo estar. Algunas las conservo porque me recuerdan momentos importantes: el día en que nacieron mis nietos, algún cumpleaños especial, un viaje que todavía me late en el pecho. Mis prendas más viejas se quedaron en Cuba, pero aquí, en esta vida nueva, ya tengo un ropero que también cuenta su propia historia.

Soy abuela con bajo presupuesto, no estoy para lujos, pero sí me gusta tener algunas cositas guardadas “por si acaso”. No compro ropa todo el tiempo ni siento esa urgencia de renovar el clóset cada temporada. Espero el fin de temporada, busco los descuentos y me llevo solo lo que sé que voy a usar hasta que me canse. Esa es mi manera de comprar: práctica, consciente y sin apuros. No necesito más.

En mi ropero conviven prendas que ya podrían celebrar cumpleaños. No porque sean piezas de lujo ni porque me dé pena despedirlas, sino porque soy de esas personas que termina soltando la ropa por aburrimiento, no porque se desgaste. La mayoría de mis cosas dura tanto que parece que se niegan a envejecer, y yo las dejo estar. Algunas las conservo porque me recuerdan momentos importantes: el día en que nacieron mis nietos, algún cumpleaños especial, un viaje que todavía me late en el pecho. Mis prendas más viejas se quedaron en Cuba, pero aquí, en esta vida nueva, ya tengo un ropero que también cuenta su propia historia.

Soy abuela con bajo presupuesto, no estoy para lujos, pero sí me gusta tener algunas cositas guardadas “por si acaso”. No compro ropa todo el tiempo ni siento esa urgencia de renovar el clóset cada temporada. Espero el fin de temporada, busco los descuentos y me llevo solo lo que sé que voy a usar hasta que me canse. Esa es mi manera de comprar: práctica, consciente y sin apuros. No necesito más.

Una payama nueva, por si acaso

Y aun así, tengo una costumbre heredada: siempre guardo una piyama nueva. La tengo por si me enfermo, por si tengo que ir de visita a alguna parte o por si surge un viaje inesperado. La última que compré fue en Shein. Es de seda, parece elegante, pero no pagué una fortuna. Al final, todo viene de China, así que prefiero algo fresco, cómodo y que no me rompa el presupuesto. He comprado varias y me funcionan de maravilla. Pero mis favoritas siguen siendo las viejitas: esas que ya están tan gastadas que parecen mantequilla. Mientras más viejas, más suaves; mientras más lavadas, más cariño tienen.

Esa costumbre de tener una piyama nueva guardada viene de mi madre. Ella siempre decía que había que tener una “por si acaso”. Y cuando yo me quejaba del calor tropical y quería quitarme la piyama, me repetía que había que dormir con ella por si había un fuego en la noche y uno tenía que salir corriendo. Era su manera de enseñarme que una mujer debía estar preparada, aunque fuera con una piyama puesta. Esa frase se me quedó tatuada en la memoria.

Mi pequeña rutina de supervivencia

Cuando me retiré, los primeros tiempos solo quería dormir por la mañana. Después de casi toda una vida levantándome temprano, mi cuerpo reclamó descanso como si fuera un derecho atrasado. Me levantaba y me quedaba con la piyama puesta porque no quería ni cambiarme de ropa. Era como si mi cuerpo dijera: “Hoy no hay prisa, hoy no hay reloj, hoy no hay que correr”. Y yo le hacía caso.

Pero con el tiempo entendí algo importante: quitarse la piyama y vestirse es una rutina de supervivencia. Es un gesto pequeño que dice “estoy aquí”, “estoy despierta”, “estoy lista para enfrentar lo que venga”. Vestirse no es vanidad; es presencia. Es reclamar el día antes de que el día te reclame a ti.

Cuando conocí el método 30×30×30, todo encajó. Lo integré a mi mañana como si siempre hubiera estado esperando por él: cambiarme de ropa, peinarme, tender la cama, hacer mi mini rutina de cuidado de la piel —con protector solar, porque ya aprendí—, tomar mi mini desayuno proteico y mantenerme activa por 30 minutos. Ese orden, esa secuencia, ese ritual… se volvió parte del proceso de sentirme viva, útil y en movimiento. No es disciplina estricta: es cariño propio.

Y al final del día, cuando ya hice lo que tenía que hacer, cuando la casa está en silencio y el cuerpo pide tregua, me doy una ducha y me pongo mi payama. Ese momento es mi señal de apagado. Es mi manera de decirle al mundo: “Hasta aquí llegué hoy”. La payama vuelve a ser refugio, vuelve a ser casa, vuelve a ser abrazo. Y así se cierra el ciclo: vestirme para vivir el día, ponerme la payama para descansar de él.

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