3.1 El patico y la amapola
María Luisa Terrero Valdés había nacido en La Habana, en la década de los sesenta.
Sus padres eran simpatizantes de Fidel Castro, a quien veían como guía y salvador.
Tenía una hermana, Ángela, dos años mayor.
Ambas crecieron en un hogar donde reinaban el cariño y el respeto, y donde se les inculcó el amor al trabajo, a la familia y a la Revolución.
Como todos los niños de su generación, María fue a la escuela a aprender… y a ser adoctrinada.
Fue pionera, llevó pañoleta y juró ser como el Che.
Su abuela, sin embargo, le había enseñado a amar la cocina. María soñaba con trabajar en uno de aquellos hoteles de lujo, crear recetas, preparar platos hermosos.
Pero para sus padres, aquello era poco. Su destino —decían— era servir a la Patria y a la Revolución, dos palabras que en Cuba casi siempre iban de la mano.
Además, no es que hubiera mucho con qué practicar. En la Cuba de Fidel, cocinar era más bien un acto de ingenio: inventar con lo que apareciera.
A diferencia de su hermana —más rebelde, medio hippie y roquera, inclinada por las lenguas extranjeras—, María era dócil.
Decidió ser maestra e irse a una escuela en el campo, como parte del destacamento pedagógico, aquel experimento que permitió a miles de jóvenes graduarse mientras enseñaban.
Pero su decisión no nació de la ideología ni de la obediencia. María decidió ser maestra por amor. Por Jorge.
Su historia con él había comenzado en la Secundaria. Un amor silencioso, casi invisible, de esos que crecen sin permiso.
Jorge Luis era el chico más atractivo de la escuela.
Ya entonces medía casi seis pies. Alto, espigado, de complexión fuerte. Había practicado deportes desde pequeño y era campeón de natación en competencias regionales. Su cabello castaño oscuro, ligeramente quemado por el sol y el cloro, contrastaba con la piel bronceada y unos ojos negros, grandes, intensos.
Lo llevaba corto, al estilo militar, en una época en que dejarse crecer el pelo podía interpretarse como rebeldía… o algo peor.
Su rostro era expresivo, abierto. Jorge no solo era atractivo: era de esos cubanos simpáticos, “tipos fáciles”, capaces de hablar con cualquiera y hacer que todo fluyera.
Donde llegaba, el ambiente cambiaba.
La gente se reía más. Se acercaba. Las muchachas lo seguían con la mirada.
Pero no era solo su apariencia. Jorge sabía escuchar. Tenía una manera de hacer sentir a cada persona importante, aunque fuera por un momento. Siempre tenía una broma a mano, una historia, una ocurrencia. Sin proponérselo, terminaba siendo el centro de todo.
A pesar de eso, era humilde. Nunca se creía mejor que nadie. Ayudaba a sus compañeros, compartía apuntes, defendía a quien hiciera falta.
El deporte era parte de su vida. Nadaba, jugaba baloncesto, fútbol. Siempre en movimiento, siempre rodeado de gente.
Soñaba con ser ingeniero. Le fascinaban las matemáticas, los problemas, los desafíos. Para él, todo era como un rompecabezas por resolver. Pero también tenía claro que quería disfrutar la vida, hacer amigos, vivir el momento.
Así era Jorge.
Y María estaba perdidamente enamorada de él.
Sin la menor esperanza.
Sus amigas lo sabían. Ella lo admiraba desde lejos, como se admira lo inalcanzable. Él era de esos chicos que podían elegir, y ella no se sentía entre las elegidas.
María era de las que florecen tarde.
Tenía un rostro bonito y expresivo, sin ser perfecto. Llevaba una cabellera negra, larga y sedosa, casi siempre recogida en una cola. Era alta, esbelta, de ojos pardos y rasgados.
Pero su cuerpo aún no tenía las curvas que llamaban la atención a esa edad. Caminaba con timidez, con cierta inseguridad, como quien no termina de encontrar su lugar.
Pasaba casi inadvertida.
Algunas chicas la llamaban “nadadora”, insinuando que no tenía ni delante ni detrás. Los muchachos le decían “Marilú, oh Marilú”, por aquella canción repetitiva que sonaba en la época.
A ella no parecía importarle. Se refugiaba en sus libros, en su música, en un mundo propio donde todo era distinto… donde Jorge sí la miraba.
En la vida real, se conformaba con observarlo de lejos. Como aquel patico que no podía alcanzar la amapola en la canción que le cantaba su madre.
En los veranos, todo el grupo iba a la playa de Santa María. Se reunían en una lomita desde donde lograban captar emisoras extranjeras. Allí sonaba música en inglés, prohibida entonces, como un pequeño acto de libertad.
Jorge era el centro del grupo. Siempre rodeado, siempre acompañado por alguna novia.
María estaba allí, pero no del todo.
A veces la llamaban para jugar voleibol o correr por la arena. Ella participaba, sonreía, intentaba integrarse. Pero la sensación de estar al margen no la abandonaba.
Las risas llenaban el aire. Y, sin embargo, ella quería otra cosa.
Quería que Jorge la mirara.
Pero eso no pasaba.
Ni siquiera cuando usaba un bikini que dejaba ver un cuerpo aún sin forma. Ni cuando reunía valor para acercarse. Si él le hablaba, se quedaba sin voz. Le temblaban las piernas.
—Oye, Marilú, ¿me das agua?
—¿Me pasas el bronceador?
Pequeñas cosas.
Ella se las guardaba como tesoros.
Observaba, en silencio, cómo él se dejaba cuidar por su novia: las manos extendiendo el bronceador, las risas, los gestos, los besos. Todo le parecía lejano, casi irreal.
Si Jorge tomaba de su pomo, María lo conservaba como si fuera algo sagrado.
Cuando alguien se burlaba de ella, él la defendía. Era así. Noble. Correcto.
Y María confundía esos gestos con algo más.
Seguía soñando.
El último verano terminó. Volvieron a la escuela para el año final. Era el momento de decidir el futuro: una carrera técnica, pedagógica o el camino hacia la universidad.
María seguía siendo la mejor alumna.
En algo tenía que destacar.
En algo tenía que hacerse ver.
Aunque, en el fondo, supiera que el patico nunca alcanzaría a la amapola.



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