¿Cuál es tu bebida favorita?
Mi bebida favorita es el agua.

La tomo fría, a veces con hielo. Camino con mi vaso como quien lleva una extensión de su propia disciplina. El agua no promete, no seduce, no engaña. Es transparente. Y esa transparencia, en estos tiempos, es casi un acto político.
He aprendido a elegir lo esencial.
No tomo refrescos. Eliminé los jugos. Tampoco disfruto el alcohol. Mi segunda bebida imprescindible es el café cubano: intenso, breve, ritual. Pero incluso el café lo he reducido a una tacita en las mañanas, porque no lo disfruto sin azúcar y la salud me exige conciencia. A veces lo incorporo a mi batido proteico, como quien negocia con la memoria sin traicionar el presente.
En ocasiones especiales puedo aceptar una copa de vino o una cerveza fría en verano. Y si se trata de tradición, ahí está el Mojito, tan caribeño como nuestra música y nuestra nostalgia.
Pero hay una bebida que no es solo bebida.
El Cuba Libre nació en Cuba como un brindis por la independencia. Su nombre es consigna. Es aspiración. Es una declaración que ha atravesado generaciones.
Decir “Cuba Libre” no es ordenar un cóctel.
Es pronunciar un deseo.
Durante décadas esa frase ha sido susurro, grito, exilio, silencio impuesto y esperanza persistente. Para muchos, es una herida abierta. Para otros, una promesa aún no cumplida. Para mí, es un recordatorio de que la libertad no es un eslogan; es una responsabilidad histórica.
No suelo tomar Cuba Libre.
No necesito el ron para sostener mis convicciones.
Pero si algún día levanto un vaso de Cuba Libre, no será por celebración trivial.
Será porque algo cambió.
Porque el miedo dejó de ser norma.
Porque la libertad dejó de ser discurso y se convirtió en realidad cotidiana.
Mientras tanto, elijo el agua todos los días: clara, directa, sin maquillaje. Porque he aprendido que la verdadera resistencia también puede ser silenciosa. Que vivir con coherencia, cuidar el cuerpo, hablar con honestidad y no olvidar de dónde venimos es otra forma de mantener viva la palabra “libre”.
El agua me sostiene.
El café me recuerda.
Pero el Cuba Libre…
El Cuba Libre lo reservo para el día en que no haya que explicar por qué esa frase todavía duele.
Y cuando ese día llegue, el hielo sonará como campanas.



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